Heredia en la distancia

Y a lo lejos descúbrese un monte…

Le conozco… ¡Ojos tristes, llorad!

Un hombre viaja en un barco de Nueva York a México y cerca del estrecho de la Florida ve, desfalleciendo, las costas cubanas en la distancia.

José María Heredia era un hombre al que la naturaleza le provocaba una apremiante necesidad de mirarse por dentro. Ante el esplendor del Niágara, reconocía su soledad, su angustia, su desarraigo. Ante el Pan de Matanzas, recordaba su vida en la isla, sus seres queridos, sus amores, y – nuevamente – su desarraigo.

Hay dos cosas que me unen a Heredia. Una, la reacción que le provoca la naturaleza, esas introspecciones que me hacen meditar sobre la vida del hombre, sobre mi vida. La otra, el no poder vivir en la isla. En su caso, el gobierno español de principios de siglo XIX lo desterró, en el mío, fue una decisión tomada por la situación en que ha quedado el país después de tantos años de gobierno “revolucionario”. Los dos nos fuimos sin desearlo.

Él sólo vivió 7 años en Cuba de sus 35 de vida. Yo viví 33 y espero tener una vida mucho más larga.

Hoy la imagen que me queda de Heredia no es la del hombre frente al Niágara, aunque es una hermosa imagen. La que me llevo dentro es la imagen de un hombre parado en la proa de un barco, en un día gris y nublado (licencias de mi imaginación), que mira desolado en la distancia las costas de su isla, sabiendo que no puede tocarla, no sabiendo que tendrá que retractarse en sus planteamientos políticos años más tarde para poder pisarla nuevamente, para ser mirado con desprecio por sus compañeros por haberlo hecho.

Pero ¿cómo pudieron?

¿cómo pudieron negarle ese último deseo?

HIMNO DEL DESTERRADO

Reina el sol, y las olas serenas
Corta en torno la prora triunfante,
Y hondo rastro de espuma brillante
Va dejando la nave en el mar.

“¡Tierra!” claman: ansiosos miramos
Al confín del sereno horizonte,
Y a lo lejos descúbrese un monte…
Le conozco… ¡Ojos tristes, llorad!

Es el Pan… En su falda respiran
El amigo más fino y constante,
Mis amigas preciosas, mi amante…
¡Qué tesoros de amor tengo allí!

Y más lejos, mis dulces hermanas,
Y mi madre, mi madre adorada,
De silencio y dolores cercada
Se consume gimiendo por mí.

Cuba, Cuba, que vida me diste,
Dulce tierra de luz y hermosura,
¡Cuánto sueño de gloria y ventura
Tengo unido a tu suelo feliz!

¡Y te vuelvo a mirar…! ¡Cuán severo
Hoy me oprime el rigor de mi suerte!
La opresión me amenaza con muerte
En los campos do al mundo nací:

Mas ¿qué importa que truene el tirano?
Pobre, sí, pero libre me encuentro:
Sola el alma del alma es el centro:
¿Qué es el oro sin gloria ni paz?

Aunque errante y proscrito me miro
Y me oprime el destino severo,
Por el cetro del déspota ibero
No quisiera mi suerte trocar.

Pues perdí la ilusión de la dicha,
Dame ¡oh gloria! tu aliento divino.
¿Osaré maldecir mi destino,
Cuando aún puedo vencer o morir?

Aun habrá corazones en Cuba
Que me envidien de mártir la suerte,
Y prefieran espléndida muerte
A su amargo, azaroso vivir.

De un tumulto de males cercado
El patriota inmutable y seguro,
O medita en el tiempo futuro,
O contempla en el tiempo que fue,

Cual los Andes en luz inundados
A las nubes superan serenos,
Escuchando a los rayos y truenos
Retumbar hondamente a su pie.

¡Dulce Cuba! en tu seno se miran
En su grado más alto y profundo,
La belleza del físico mundo,
Los horrores del mundo moral.

Te hizo el Cielo la flor de la tierra:
Mas tu fuerza y destinos ignoras,
Y de España en el déspota adoras
Al demonio sangriento del mal.

¿Ya qué importa que al cielo te tiendas,
De verdura perenne vestida,
Y la frente de palmas ceñida
A los besos ofrezcas del mar.

Si el clamor del tirano insolente,
Del esclavo el gemir lastimoso,
Y el crujir del azote horroroso
Se oye sólo en tus campos sonar?

Bajo el peso del vicio insolente
La virtud desfallece oprimida,
Y a los crímenes y oro vendida
De las leyes la fuerza se ve.

Y mil necios, que grandes se juzgan
Con honores al paso comprados,
Al tirano idolatran, postrados
De su trono sacrílego al pie.

¿A la sangre teméis…? En las lides
Vale más derramarla a raudales,
Que arrastrarla en sus torpes canales
Entre vicios, angustias y horror.

¿Qué tenéis? Ni aun sepulcro seguro
En el suelo infelice cubano.
¿Nuestra sangre no sirve al tirano
Para abono del suelo español?

Vale más a la espada enemiga
Presentar el impávido pecho,
Que yacer de dolor en un lecho,
Y mil muertes muriendo sufrir.

Que la gloria en las lides anima
El ardor del patriota constante,
Y circunda con halo brillante
De su muerte el momento feliz.

Al poder el aliento se oponga,
Y a la muerte contraste la muerte:
La constancia encadena la suerte;
Siempre vence quien sabe morir.

Enlacemos un nombre glorioso
De los siglos al rápido vuelo:
Elevemos los ojos al cielo,
Y a los años que están por venir.

Si es verdad que los pueblos no pueden
Existir sino en dura cadena,
Y que el Cielo feroz los condena
A ignominia y eterna opresión,

De verdad tan funesta mi pecho
El horror melancólico abjura,
Por seguir la sublime locura
De Washington y Bruto y Catón.

¡Cuba! al fin te verás libre y pura
Como el aire de luz que respiras,
Cual las ondas hirvientes que miras
De tus playas la arena besar.

Aunque viles traidores le sirvan,
Del tirano es inútil la saña,
Que no en vano entre Cuba y España
Tiende inmenso sus olas el mar.

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