La censura en Pascual Duarte

Hace unos meses, en una excelente clase de literatura española contemporánea, leímos Pascual Duarte de Camilo José Cela. Pasó algo muy curioso pero para nada inusual en las clases de literatura: me leí el libro, me gustó, vi algunas cosas interesantes, pero cuando lo discutimos en clase y el profesor introdujo algunas ideas, mi visión dio una vuelta de 180 grados. Lo mismo le pasó a los demás estudiantes. Los elementos que no habíamos visto – o habíamos visto superficialmente – tomaron una relevancia que aún actualmente, muchos libros más tarde, me sorprenden. Eso es lo que me encanta de ir a las clases. Las discusiones te abren ventanas a mundos que no percibiste, o a medida que hablas y explicas tus ideas vas profundizando y haciéndolas más concretas. Igual cuando se escribe un trabajo de investigación.

De más está decir que estoy enamorada de mis clases, de lo mucho que aprendo, de las sorpresas que me deparan las páginas que leo.

Para el examen también tuvimos la oportunidad de trabajar el libro. De este examen he escogido algunos fragmentos sobre la enmarcación que le da Cela a la narración.

Un brevísimo resumen de la novela:

La novela cuenta en forma de memorias la vida de Pascual Duarte, desde su nacimiento en un pequeño pueblo de Badajoz, hasta su muerte ejecutado en prisión. A lo largo de la historia se nos van narrando las más tremendas desgracias que el protagonista debe sufrir. Desgracias de cuna, de familia y de acto, que Pascual nunca es capaz de enderezar y que al contrario, como si de una tragedia griega se tratara, lo lleva inexorablemente de un destino desgraciado a otro peor.

Pero estas memorias las publica un supuesto transcriptor que escribe una nota al principio, antes de que comencemos a leer, y que influye sutilmente en la opinión del lector. Además, al final, incluye dos cartas: de un cura y un guardia civil, los representantes del poder político en la España de la posguerra.

Agrego entonces un fragmento de mi trabajo:

Pascual Duarte escribe sus memorias pero, a diferencia del Lazarillo de Tormes, pierde totalmente el impacto que quizás quería tener sobre el público a causa de quedar enmarcado entre diferentes narraciones externas. El transcriptor actúa como acusador y nos predispone con respecto al texto incluso antes de haberlo leído. Así las memorias de Pascual quedan censuradas por la “less-than-innocent hand of the anonymous transcriber” (Rosenberg 148).

El mismo transcriptor no niega su proceso de censura: “He preferido, en algunos pasajes demasiado crudos de la obra, usar de la tijera y cortar por lo sano…me pareció más conveniente la poda que el pulido” (13-14). Como afirma Rosenberg, “the intrusion may have profound aesthetic and ethical implications for the narrative system as a whole” (147).  Esta poda tiene implicaciones más allá del texto de Pascual, pues en ella podemos ver reflejada una de las más esenciales tácticas dictatoriales: la censura de toda obra que no reproduzca una realidad afín a la idea que el dictador desea que el mundo tenga de su sociedad. La novela de Cela refleja no sólo la censura del régimen, sino también la autocensura, pues el propio Pascual dice en su carta que “al empezar a escribir esta especie de memorias me daba buena cuenta de que algo habría en mi vida – mi muerte, que Dios quiera abreviar – que en modo alguno podría yo contar” (16). Es decir, él está consciente de que hay una parte de la historia que no puede revelar, y agrega en su muerte. Quizás se refiere justo a lo que lo lleva a la pena de muerte, el asesinato del terrateniente. Es este asesinato del que no sabemos nada, y este silencio nos intriga, pues se cuentan en detalle hasta las muertes de la perra y el caballo, y sin embargo, del crimen que provoca su encierro prácticamente no se habla. En la segunda nota el transcriptor sólo se refiere a él de esta manera: “Sobre lo que no hay manera humana de averiguar nada es sobre su actuación durante los quince días de revolución que pasaron sobre su pueblo; si hacemos excepción del asesinato del señor González de la Riva – del que nuestro personaje fue autor convicto y confeso…” (159). No obstante, Pascual parece hacernos un guiño con el epígrafe: “A la memoria del insigne patricio don Jesús González de la Riva, Conde de Torremejía, quien al irlo a rematar el autor de este escrito, le llamó Pascualillo y sonreía.” (19).

Además del crimen que queda silenciado, Pascual y su familia – aunque se haya desarrollado antes de subir Franco al poder – son un ejemplo que va en contra de los valores que quería enraizar el franquismo. Una familia que se degenera o no fecunda, viciosa y violenta. Efectivamente, el transcriptor declara a Pascual un “modelo no para imitarlo, sino para huirlo” (14), y cierra las memorias con las cartas de dos representantes del poder político: un cura y un guardia civil. Más aún, ambos cuentan cómo en sus momentos finales Pascual pierde la compostura y muere cobardemente, quizás para refirmar que realmente era un anti modelo.

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