La gris multitud

Acabo de leer Las palabras perdidas de Jesús Díaz, un libro impresionante. Sus temas son la literatura, la función del arte, la angustia de la creación literaria, la censura en la Cuba de los años sesenta con su respectivo UMAP, el miedo, la frustración, la desilusión, el amor…

Una novela imprescindible en el panorama cubano contemporáneo. Imprescindible por su calidad y para acercarnos a lo que significó la censura en la vida de los artistas cubanos.

Pego a continuación una parte de lo que estaba escribiendo para clase:

Cada personaje tiene sus tragedias, que al final quedan unidas por las consecuencias de la censura y el castigo por atreverse a publicar algo que no está—en opinión de los burócratas—acorde con la ideología revolucionaria. La vida de cada uno de ellos se hace trizas a causa de esa osadía. El Rojo muere de cáncer, Una se suicida, el Gordo se somete al orden después de haber salido de la UMAP y la vida del Flaco es una constante lucha por la sobrevivencia y contra la frustración que le trae el no escribir. El miedo los hace callar, sobre todo a los dos últimos. De los cuatro, la más consecuente es Una. Éste es quizás el personaje más hermoso de la novela, una especie de heroína romántica—equivalente al héroe romántico, no al lugar que ocupa la mujer en el Romanticismo—en pleno postmodernismo literario. Una vive luchando por dos deseos imposibles: su amor por el Rojo y su fe en la autenticidad del arte. El primero es imposible porque lo más importante para el Rojo es la belleza y Una no es físicamente atractiva. Aún cuando él reconoce que nunca ha sentido goce como con ella, no puede considerarla como su mujer. Lo segundo es lo más terrible. Una vuelve a tener ilusión cuando se une a los Guijes y recupera el sentido de vivir, que para todos ellos está íntimamente ligado a la literatura. Cuando son censurados y castigados, ella comprende que los otros no son capaces de enfrentarse al aparato represor y el mundo se vuelve a tornar hostil.

Quizás a la manera de Cabrera Infante en Tres tristes tigres, Una desea probar que “el placer, la belleza y el hedonismo son también una herencia nuestra” (277). Sin embargo, en una sociedad como la cubana de los años sesenta su fe en el arte y su función social es imposible. El énfasis no está en la individualidad sino en una colectividad mediocre, cuya metáfora perfecta está en la oficina del editor que le comunica la censura de la revista al Flaco. Es una foto ampliada de la Plaza de la Revolución repleta con más de un millón de personas. El Flaco se acerca para buscar su imagen parado en lo alrededores de la Biblioteca Nacional, pero no puede encontrarse:

“Comprobó que desde aquella distancia sólo se apreciaba la impresionante multitud… Quedó desconcertado al caer en la cuenta de que había una distancia focal en la que desaparecía la visión de conjunto, pero no por ello podían apreciarse las individualidades. Vista desde muy cerca, la foto era una suma de punticos que cubrían toda la gama de gris” (334).

La foto es una metáfora de una sociedad que sofoca la individualidad. Aunque los Guijes quizás tienen el poder de apreciar desde esa distancia focal determinada en la que desaparece la multitud, no escapan del destino colectivo. Todos son punticos en una gran masa con un mismo color, el gris.

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