La Habana

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Releo Los palacios distantes de Abilio Estévez, ya que quiero usarlo en mi disertación. Las imagenes de Cuba y de La Habana de Abilio me atraen y, aunque son un poco tristes y pesimistas – quizás por eso mismo me gustan – son visiones poéticas que me hablan directamente de mi mundo. Pienso en otro libro que intento leerme – nótese que digo ‘intento’ – y con el cual no logro conectarme, Trilogía sucia de La Habana. Está claro que el gusto personal influye en nuestra elección de libros a criticar. Trilogía me muestra un mundo en decadencia, un mundo que vale la pena mostrar porque existe y echa por tierra la visión de la  sociedad idealista que solo existe en el discurso oficial. Sí, es importante que se escriba. Como crítica necesito quizás prestarle atención, de otra manera no lo haría. Pero me resisto.  Libros como los de Estévez, Jorge Ángel Pérez y muchos otros, también echan por tierra el idealismo, también nos muestran que el camino al paraíso se ha desviado hacia el infierno. Lo hacen, en cambio, con una escritura mucho más rica, con esa poesía que yo, personalmente, admiro en el arte. Lo siento, no soy de realismos sucios, soy de las que disfruta leer para que las palabras formen en mi cabeza imagenes imposibles, ya sean alegres o tristes, me muestren una dimensión de la realidad que me enseñe más que la misma realidad.

Prefiero metáforas de Cuba como isla-velero encallado en el mar, paralizado en el tiempo, en la Historia. Prefiero leer sobre payasos con marionetas que caminan por las azoteas de la ciudad y de gentes hechizadas que lo miran con asombro pero que no quieren dejarse desencantar. Zombificación y hechizamiento van de la mano.

Cuando leo Trilogía (aunque confieso que no voy ni por la mitad) disfruto la suciedad por un momento muy limitado de tiempo, cierro el libro y ya lo he olvidado. Cuando leo Los palacios distantes o Tuyo es el reino no los puedo olvidar, como no se olvida la ciudad, la isla.

Entre el Gutierrez fornicador y el Don Fuco ilusionista siempre me quedaré con el último: justo así, un anciano con su tutú de bailarina, bailando su último ballet con una bala en el pecho en medio de un teatro en ruinas.

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