Las suciedades de La Habana

Me siento metal,

soy una maquina de enojos,

te condeno a mirar,

no sé si bien luchar

o patalear como una res.

—- “Máquina de enojos”, Andy Villalón

El narrador de Trilogía sucia de La Habana es un tipo que, a pesar de vivir en un miserable cuartucho en una azotea de uno de los edificios viejos de Centro Habana, aún habla de leer poesía, de oír a Louis Armstrong y recuerda algún tiempo divertido. Unos amigos vienen a pedirle opinión de cómo llegar mejor a Estados Unidos en balsa, es el verano de 1994: la crisis de los balseros.

Hay un momento en los próximos capítulos que me pregunté por qué estaba leyendo este libro. Siempre oí hablar de él, nunca me llamó la atención. Al tercer o cuarto capítulo lo dejé. Me parecía estar mirando una película porno que no tenía ningún interés para mí. Me pregunté por qué no amenizar el sexo con algo de profundidad, no sé, algo.

Pasó varias semanas en la mesita al lado de mi cama sin tocar. Al fin me dije que debía leerlo, tenía que leerme un libro aparentemente tan importante en la literatura cubana reciente, al menos para saber de qué se hablaba. Algo así como cuando leí a Zoe Valdés. Una cuestión de ejercicio profesional, de poder explicar por qué no me gustaba y no simplemente decir “no me interesa leérmelo”. Volví a tomarlo y me dejé llevar, me pasé algunas páginas y me entretuve con otras. De alguna manera me enganchó. Y cuando llegué a los últimos capítulos ya estaba totalmente asqueada con la violencia, el abuso, la miseria abrumante, las ratas, la prostitución normalizada, la gente sin moral, sin decencia, sin…. es decir: me sentí justo como debía sentirme, justo como imagino que Pedro Juan Gutiérrez quiere que me sienta.

Por otro lado, lo seguía leyendo ya por morbo, por enterarme de cuántos personajes asquerosos podían caber en un solo libro, cuántos personajes tan tristes, locos, deprimentes. Cuánta perversión. Y ese morbo que yo sentía por el texto es parecido al que se siente por la situación de la isla: como mismo él menciona en alguna parte, los turistas se sienten atraídos por las ruinas, el deterioro, la miseria, la fotografían ávidamente (bueno, no hay que ser turista, yo siempre lo hago también, es nuestro morbo).

Quiero hablar de los últimos capítulos. El personaje principal hace su última aparición cuatro capítulos antes del final, en “Los caníbales”. Ya hemos tenido detalles de su vida cada vez más tétrica, más física, cada vez menos humana. Está pescando en una goma en el mar, pero lleva días sin coger nada. Sus pensamientos un poco cierran su filosofía de vida, son el colofón de lo que ha querido decir. Piensa en que no son tiempos de héroes, ni de asumir deberes, ni responsabilidades. El espíritu es mercantil, todo lo rige el dinero (no puedo evitar recordar a Martí en Coney Island, si resucitara, el pobre). “No hay material para fabricar héroes”. Todo lo que se ha logrado (léase, la Revolución) es gente apaleándose unos a otros.

Como suele hacer, se regaña a sí mismo por pensar tanto, no son tiempos tampoco para pensar. Al llegar a su cuarto no tiene ni café, y hace días que no tienen jabón para bañarse. Nada inusual en pleno Período Especial, según los que lo vivimos al duro. Yo no recuerdo haber pasado muchos días sin jabón (sí recuerdo que estaba MUY escaso y había que estiraaaaaaaarloooooooo), pero no me extraña para nada. Al final, pasamos muchos años sin papel sanitario y no quiero ni acordarme de eso. Un tipo de Oriente le vende hígado de puerco, muy bueno. Todos en el solar se lo compran en algún momento. La policía lo viene a buscar: el hígado es humano, lo robaba de la morgue. Es una escena surreal, los vecinos se horrorizan y hacen muecas de asco, Pedro Juan comienza a reír a carcajadas. “Ya está comido. Olvídate de eso. Además, te quedaba rico. Tenía buen sabor”, le dice a su mujer.

Así termina el narrador, o más bien, todos. Apaleándose unos a otros, comiéndose unos a otros, caníbales. Deshumanizándose en la miseria absoluta: el Hombre Nuevo.

Me interesa mucho el penúltimo capítulo: “El final de la Capitana”. Es la historia de Chicha, una anciana que trabajó en la policía cuando triunfó la Revolución, que aún lee Sputniks, y mantiene las obras de Mao, Lenin, Marx, Kim II Sung, en un rincón del cuarto, polvorientas. Ahora vive “sola, con hambre, enferma, rodeada de suciedad”, y con una enorme rata en el cuarto que la aterroriza por las noches. En un excelente fragmento, Chicha lee una entrevista a un arquitecto americano que se pregunta “¿Cuánto tiempo duraremos si nos abandona el principio poético? ¿Cuánto tiempo puede durar una civilización sin alma?”.

Chicha, la vieja que vive en total miseria, olvidada y abandonada por la misma Revolución, se enfada, tira la revista y exclama “Estos americanos comemierdas!”. La ironía me golpea la cara.

Y esas dos preguntas me parecen el mensaje de Trilogía sucia: aquí estamos, deshumanizados (¿alguien dijo zombis?), con una ausencia total de alma, este es el mundo de miserias que mi libro te muestra, ahora lo que quiero es que me digas cuánto tiempo nos puede quedar, cómo se puede vivir así.

Por otro lado, hay una imagen que además termina este capítulo. Chicha mira a un tipo acarreando ladrillos escaleras arriba. Era como una escultura negra de piedra y cemento. Una escultura con vida, “una visión extraña”. Construía ilegalmente, como todos, se robaba los ladrillos de algún derrumbe cercano. Unos se derrumban, incluso mueren, y otros construyen cuartuchos y divisiones con esos mismos ladrillos. Siguen hacinándose, siguen luchando (“a la lucha” es la frase que termina el libro), siguen resistiendo en lo irresistible. A pesar de todo. Quizás ahí está la clave: la perseverancia humana, el sentido de supervivencia de aquella “escultura inalterable, cargando ladrillos incesantemente”, hecha de piedra y cemento.

 

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