Norge

Hace muchos años quedé prendada de un poema llamado “Vestido de novia”. Más tarde cuando leí “Oda a Walt Whitman” me di cuenta de la referencia. Hoy leo otro poema de Norge Espinosa, poeta santaclareño de mi generación, y nuevamente siento el placer de leerlo.

Aquí van los dos. No sé si tengan errores de puntuación, pues los tomé de una página web, son difíciles de encontrar.

 

VESTIDO DE NOVIA

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,

contra el niño que escribe

nombre de niña en su almohada

ni contra el muchacho que se viste de novia

en la oscuridad del ropero.

Federico García Lorca

Con qué espejos

con qué ojos

va a mirarse este muchacho de manos azules

con qué sombrilla va a atreverse a cruzar el aguacero

y la senda del barco hacia la luna

Cómo va a poder

si vacío de senos está su corazón

si no tienen las uñas pintadas si tiene sólo un abanico de libélulas

cómo va abrir la puerta sin afectación

para saludar a la amiga que le esperó bajo el almendro

sin saber que el almendro raptó a su amiga le dejó solo

ay adónde podrá ir así tan rubio y azul tan pálido

a contar los pájaros a pedir citas en teléfonos descompuestos

si tiene sólo una mitad de sí la otra mitad pertenece a la madre

de quién a quién habrá robado ese gesto esa veleidad

esos párpados amarillos esa voz que alguna vez fue de las sirenas

Quién

le va a pagar la luz bajo la cama y le pintará los senos con que sueña

quién le compondrá las alas a este mal ángel hecho para las burlas

si a sus alas las condenó el viento y gimen

quién quién le va a desvestir sobre qué hierba o pañuelo

para abofetearle el vientre para escupirle las piernas

a este muchacho de cabello crecido así vestido de novia

Con qué espejos

con qué ojos

va a retocarse las pupilas este muchacho que alguna vez quiso

llamarse Alicia

que se justifica y echa la culpa a las estrellas

Con qué espejos con qué astros podrá mañana adornarse

los muslos

con qué alfileres se los va a sostener

con qué pluma va a escribir su confesión ay este muchacho

vestido de novia en la oscuridad es amargo y no quiere salir

no se atreve

no sabe a cuál de sus musgos escapó la confianza

no sabe quién le acariciará desde algún otro parque

quién le va a dar un nombre

con el que pueda venir y acallar a las palomas

matarlas así que paguen sus insultos

Con qué espejos ay con qué ojos

va a poder asustarse de sí mismo este muchacho

que no ha querido aprender ni un solo silbido para las estudiantes

las estudiantes que ríen él no puede matarlas

así vestido de novia amordazado por os grillos

Siempre del otro lado del puente siempre del otro lado del aguacero

siempre en un teléfono equivocado no sabe el número

tampoco él sabe

Está perdido en un encaje y no tiene tijeras

así vestido de novia como en un pacto hacia el amanecer

Con qué espejos

con qué ojos

DEJAR LA ISLA

I

Como si pretendiéramos no haber escuchado

al caramillo en nuestro pecho dibujar cantos antiguos

un santo día de paz, un día ansioso de tormentas

venimos a por el adiós,

a por la angustia mortal de todo viaje.

Como si aún no fuéramos demasiado niños

y allá en nuestra humedad no agonizara extraña liebre,

quebramos el círculo, danzón, esa dulzura

que ofrecía, paternal, el abrazo en su demora.

Todo queda lejos del fulgor que se nos sueña.

Todo engrandece ya nuestro sexo, nuestra brújula.

Y hemos jurado viajar, romper la imagen

del dios languideciente que nuestra casa encendía.

Todo aburre ya.

El paisaje, indefinido, nos ofrece su moneda.

Y el hijo del farsante, el pagador, de sus luciérnagas,

nos enseñan el camino que siempre se apresura.

Y le héroe, el mutilado capitán de gris conquista

nos ha hablado de un lugar donde el fuego es más rabioso.

Y el vendedor de grillos, el igual, el comediante,

fabulan sobre un país similar a los espejos:

dorada estampa,

sangre virgen,

ciudad irrenunciable,

sitio que a nuestra edad saluda y fortifica.

II

Yo siempre obedecí a las miradas que mi madre

lanzaba, tornasol, alrededor de mi cabeza.

Yo nunca fui más allá de su paso, que añoraba

verme atravesar la provincia como un príncipe.

La provincia desbordada por su miel y su leche…

La provincia distendida…

La provincia no más.

Pero yo supe del carmín que saborean los fugitivos

y tuve por mujer el alma de una extraña.

Y tuve más. Y pude

adivinar el horizonte.

Mi madre me veía atravesar las flores de sus ojos.

Yo era el más hermoso. Su cuerpo en gloria. Más.

Pero el camino me ofrecía la vocación de los danzantes,

me hablaba de parientes, de un color no conocido.

Y fue mayor el juego, mayor aún que la isla

mi voz recién brotada, mi golpe en las estrellas.

Yo siempre obedecí a las pupilas de mi madre.

Pero pudo más el viaje. Todo pudo más.

III

Deja la isla,

abandonarse al polvo elemental de cada aullido,

del almuerzo salvador y del pájaro en la mesa

tan abierta y familiar en la más sagrada hora.

Morir, dejarse

caer a otro sentido lejano al de la fiesta

que giraba en los amigos cuando el saludo era un hallazgo

y el oro nos caía como trino en los bolsillos.

No estar, despedazarse

hacia una nueva orfandad, que lastima y muerde

una y otra vez, y otra

desdorada por el mismo resplandor con que tejí mi podredumbre.

Partir, cifrar el rumbo

que impone a cada rostro la lágrima que nadie podría arrebatarse.

Dejar la isla negando el cáliz de la rosa,

el agua vespertina,

su luz,

tan familiares.

Saltar del mimbre al lienzo, provocando ese espanto

que no diluye otra voz que no sea la furtiva.

Dejar esta isla por otra menos dadivosa,

mucho menos cierta, exacta o calada.

Dejar todo un planeta, una casa, un filo

de luna común abandonado a la intemperie

para corrompernos en jaurías de miserias

y no tener por cardinal ni al árbol ni sus nombres,

y no tener por amigo

sino a un muchacho de ojos peligrosamente verdes.

Todos queremos escapar, destilarnos en el mundo,

trocar nuestra virtud por otros cuerpos más silentes.

Todos queremos detenernos en actos de violencia

que contar a los padres, a los hijos., al cuchillo.

Y así quebramos la falda para huir a lo invisible

asesinando a algún niño, a un corazón que espera.

Viajar, viajar, y en el centro del delirio

tocar a las puertas de maldad, donde la víctima es el pecho

que muestra latitudes de rama pisoteada.

“Adiós, adiós”,

decimos, y es la lumbre

el brillo del hogar lo que se quebranta y rueda.

IV

Porque uno esconde el as y una noche lo extravía,

porque el pájaro en la sombra dobla el llanto, dobla el sueño.

Porque uno ha sido cazado en temporadas de naufragio

y carga el peso del mar, y el mar se nos confunde,

siempre tendremos que viajar, que romper nuestra llamada,

nuestras fiestas, nuestra piel, en clamor de indócil fuego.

Porque para crecer debe romperse una estatura

que protege toda flor, nuestra infancia está negada.

Pueblos de mí mismo, isla de mi hambre

aún por aplacar, escucha: te abandono.

Casa de mi hora, de mi pan, jaula

de dormir tranquilo y con el río a cuestas,

nada puede darme en verdad otra aventura

que no sea el viajar, el robarme en lo lejano

esta atardecer que mi impaciencia desmerece.

Parto. Es el fin.

Me despido.

No hay certeza de que vuelva yo soldado, bailarín, ajeno,

o de que vuelva simplemente enfrentado a mi tamaño.

Ya esta ceiba no será el mayor árbol del mundo.

Ya no seré yo, sino el que muere lejos.

Todo hijo se desprende en adiós, se va a lo solo

a vivir a lo terrible, a desgarrarme en qué tabernas.

Todo hombre, poeta, animal indiviso

tiene un camino por hacer: su propio vientre.

Y toda madre se hace bruma, toda morada se nos niega:

Apenas queda errar. Lo demás, es el polvo.

Apenas queda crecer. Lo demás, es el llanto.

Dejemos pues, el sitio

habitual de la agonía, de la estancia ya tan pequeña.

Dejemos, pues, la isla

geográfica y sedienta que el mar no enardece

sino con su silbo en la estación más triste

donde el único poema parece ser el agua.

Porque todo el que ha cantado tiene ansia de su eco,

porque todo el que palpita del vecino morir se extraña

adivinando un mundo que nos promete albores:

un ensueño del cual también regresaremos.

Todo aquello que dejamos está en nosotros mismos,

como este cuerpo antiguo que inocentemente creemos ver partir,

mientras la espuma, pronta y laboriosa,

con su gesto de madre, como a una isla, lo hunde.

Todo el que parte, regresa.

Todo el que regresa, arde.

 

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