(des)encanto

‘Encantar’ es otra de mis palabras preferidas. Sobre todo porque tiene como opuesto ‘desencantar’.

Encantar es hechizar, cautivar, gustar mucho. El encantamiento es un hechizo, una seducción. Si estoy encantada por algo o alguien, y me paro a pensar en el significado literal, me veo entonces arrobada frente a lo encantador. Me encanta Pink Floyd. Me encanta el sushi (mmmmm, definitivamente hechizada). Si hablamos de una persona y no tomamos la palabra encantar a la ligera, pues se hace bien literal: nada mejor para definir el amor que el encantamiento, tan mágico y falta de razón, tan “por allá dentro que no puedo hacer nada”.

Por otra parte, el des-encanto es una palabra quizás con una connotación un poco más triste. Definitivamente no es bueno que alguien nos des-encante. Este post, no obstante, surge de un desencanto importante: los críticos han decidido llamar a la literatura cubana después del 1990 la Literatura del Desencanto.

Término perfecto. Los noventa trajeron consigo el des-encanto masivo: el hechizo de des-hizo.

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